Oigo sus voces en mi garganta. Sin medida, una vida me habita. Busco las palabras que se aman despiertas al final de su auténtica mirada. Habla un aroma interminable abrazado al pecho del sol que besa los labios de la noche y no se quema. Parte su clamor en mi boca, y cuando cae la primera gota de lluvia deja acariciar todas las maneras de vivir. Llueven rosas…
Siento viajar el dolor en la mitad de la noche y es distante la soledad. Envuelta en este cuerpo mortal me reconquisto, recién nacida, al saber que ya no te recuerdo. Tracé el mapa de nuestra piel perseguida por la velocidad del viento. Giramos en renglones de besos infinitos quebrándonos sigilosamente mientras la luna se vestía de silencio. Caminamos con la vestidura del tiempo, quedamos rendidos en su espacio, volaron las gaviotas, se detuvo la lluvia, mis palabras acariciaron el otoño, borré la soledad y te olvidé en mi reconquista.
Desde esta orilla todo es posible pintar el sabor dulce del viento, dibujar los aromas del paraíso, descubrir una palabra en la mañana o volver la luna del revés. Te he buscado a mi paso, cautiva en tu tiempo, en nuestro primer deseo, temblando, palpitando, buscando los verbos innumerables que, inevitablemente, no hallamos en nuestro mapa con el azul de nuestro bosque y el rojo del mar. La vida es lo que tú tocas y te he seguido buscando, de nuevo, a mi paso, sucediéndose los sueños, mirándonos. Cerramos los ojos ese día que la noche bailó desnuda para nosotros. No existieron teoremas ni montañas, encontramos la risa, las auroras, los triunfos, colores y alegrías, un amor sin final.
No sé cómo decir con palabras de este mundo que abandoné el paraíso de la memoria que salí de mí y llegué a lo que existe a esa flor abriéndose a la tarde, a tus manos enamoradas, a tus ojos desatando mis ojos. Tengo el amor y la pasión, piedras preciosas latiendo en nuestros corazones sellados de armonía. Tú elegiste acostumbrarte a mí con la certeza de acompañar nuestras miradas. Dibujamos un mosaico mágico con besos y sin razones, jamás supimos del vértigo. Yo y la que fui nos sentamos en nuestro mar de tinta y de papel llevándonos de la mano del viento. Jamás supimos del miedo, jamás lo supimos.
Abrimos todas las puertas rozando las sílabas con las palabras enlazando, a voces, los secretos de cristal que dormían abrazados al calor de nuestra piel. Escúchame, te susurré, mientras miraba nuestra luna desde la ventana, escúchame. Sonreíste mágico. Pronunciaste nuestros nombres y sentí tu voz en toda la geografía. Me dijiste: el mar, amor, es el mar, y te amo en cada ola, entre sueños, en las estrellas, te amo amor en alta marea, en el corazón creciendo, en los besos esperados y no esperados, en la palabra que llega y en la que se va, en el horizonte sin lejanía, en el abecedario y sus acentos. Sin nostalgia, sin pasado, sin memoria. Sólo amor con amor en la mirada sin sombra. Vida con vida amándose en los ojos abiertos de la noche al ritmo azul del cielo sin final.
Nos llevaba el cuerpo como golondrinas desbocadas, pasaba el cielo y el rojo acento de las nubes nos puntuaba besándonos el alma sin contratiempos. Hicimos nuestros cálculos, éramos los acordes de la mirada, de las estaciones… Invadidos por tanta pasión nos pensamos libres, en plena noche recogimos nuestra cosecha y beso a beso, enlazados por la misma brisa, decidimos esperarnos en la dicha del amor alegre mientras sonaba, de fondo, nuestra bella canción. Nos abrazamos estremecidos en todos los idiomas.
Nazco esperándome a mí misma encontrándome recién nacida en un poema en la entraña de la entraña del blanco de la hoja sintiendo la voz con las pupilas borrando al tiempo del tiempo escribiendo mi alma de mujer en mujer.
En algún momento pensamos que podríamos conquistar el rostro de la madrugada como si fuese los pétalos de una rosa abierta por su rocío, con todo su color, soñamos, quizás, un rosal sin espinas. Incluso, nos prestamos la piel en el sueño de acariciar su tez impronunciable, inconquistable para nuestras manos ansiosas de enamorar. Elegimos, de la palabra, el plural, el “nos” en lugar del “tú” y nos deshicimos de la desdicha tirando cada una de sus letras al mar. Ola a ola se fueron llevando las sílabas de la tristeza quedándose el océano con todos los secretos. Escribimos un nuevo nombre en la orilla de las gotas renacidas cuando el rostro de la madrugada apareció hermoso, inmenso, sobre nuestros pechos tan cercanos. Dejó sus ojos en nuestros ojos y se marchó para que nos viéramos.
Hoy pude abrir los ojos, muy grandes, como dos luceros y sentirte, vida, vertida en la palabra escrita, melodía de alegrías y bellos paisajes ¡vida mía! te grito, te susurro, te abrazo, te amo, vida mía con una flor, con la luna, contigo, conmigo, en el sur la primavera y en mi norte los violines de marzo. Nos encontró el tiempo abrazados. Era el marzo de las grandes lluvias, gota tras gota empecé a ver tu rostro, vida, como ese espejo de esperanza, flor de helecho sembrada en mi piel de primavera. El ayer se ha ido sin hacer ruido, hoy llegó con su alborozo, calle arriba, sin nublar el paso. Todo llega… Hoy te escribo, os escribo, me escribo en este poema, tocando el pulso de los puntos cardinales, el este de tus ojos, el oeste de tanta pasión. Me tocó mirar de frente a la muerte. Le escribí una carta al dolor, al miedo, al vacío, sin que me temblase el pulso y a todos les reté a la vida. Luminosa caminé por la aurora en silencio, era la carne abierta nacida desde las entrañas de la tierra. Soy la que camina inundada de rosas y de sílabas de fuego.