20 de noviembre de 2025

La rosa llora, cómplice

 

Pintura de Vladimir Kush


Cuenta la leyenda

que el sol, encadenado a tanta vida,

se clavó un dardo en el corazón.

 

Con los dedos hizo estrellas de papel,

convirtió el arcoíris en color rosa.

 

Con su voz libre

estuvo buscando metáforas.

 

Presentía el futuro:

                        no quería ir.

 

Cómplice del tiempo

se tatuó una luna roja

en cada lágrima.







*El título del poema es de Meleagro.



2 comentarios:

Prometeo dijo...

El poema se abre con un título que ya marca buena parte de su sentido: “La rosa llora, cómplice”. Hay, de entrada, dos elementos que se vinculan de forma inesperada: la rosa (símbolo clásico de lo bello, lo frágil, lo efímero) y la complicidad (una actitud moral, casi delictiva, que implica saber y participar). No es una rosa inocente, es una rosa que sabe algo, que consiente algo. Y ese algo, el poema lo despliega en clave mítica: “Cuenta la leyenda / que el sol, encadenado a tanta vida, / se clavó un dardo en el corazón”. Aquí el sol deja de ser mero astro para convertirse en sujeto trágico. No puede huir de su obligación de dar vida (“encadenado a tanta vida”) y, ante ese exceso, se autoinflige la herida. No es el destino, ni un dios externo: es él mismo quien se atraviesa el corazón. Hay un cansancio cósmico, una melancolía de la luz.

La reacción a esa herida no es pura destrucción, sino un gesto extraño, casi infantil, de creación: “Con los dedos hizo estrellas de papel, / convirtió el arcoiris en color rosa”. Es precioso cómo se rebaja lo sublime a lo doméstico: el sol, que en teoría genera galaxias, se limita aquí a hacer “estrellas de papel” con las manos, como un niño que recorta figuras. El arcoíris, que contiene todos los colores, queda reducido a uno solo: el rosa. Hay una renuncia a la diversidad, a la plenitud cromática; tal vez porque el sujeto ya no soporta el exceso de lo múltiple. El rosa es, en nuestra cultura, color ambiguo: tierno, delicado, pero también artificial, casi “edulcorado”. En esa reducción cromática puede leerse un deseo de refugio, de simplificación, pero también una pérdida: del arcoíris entero solo queda una tonalidad.

“Con su voz libre / estuvo buscando metáforas.” Aquí el poema se dobla sobre sí mismo: el propio texto habla del acto de escribir poesía. La voz está “libre”, pero lo que hace es “buscar metáforas”; es decir, está a la caza de formas de nombrar lo innombrable. Esa búsqueda no es decorativa, es esencial: el sol herido, el cansancio de tanta vida, el arcoíris reducido a rosa… todo eso son metáforas, pero, dentro del poema, también son el resultado de esa “búsqueda” de la voz. Hay una especie de autorretrato del poeta: alguien herido por lo que ve, saturado de vida, que responde creando imágenes para soportar o traducir ese peso. (sigue)

Prometeo dijo...

El verso “Presentía el futuro: / no quería ir.” es uno de los centros emocionales del poema. La disposición gráfica no es caprichosa: ese amplio espacio en blanco antes de “no quería ir” visualiza la distancia entre el presentimiento y la decisión. El futuro aparece como algo que se intuye, casi inevitable, pero al que el sujeto se resiste. No se trata de ignorancia, sino de rechazo lúcido: sabe lo que viene y no quiere aceptarlo. Es una condensación muy lograda del sentimiento de alguien que ve acercarse un cambio, una pérdida, una muerte, y, aun así, permanece, suspendido en ese hueco de la página. El blanco es silencio, demora, negación.

“Cómplice del tiempo / se tatuó una luna roja / en cada lágrima.” Aquí la complicidad se desplaza del título (“La rosa llora, cómplice”) al propio sol o al sujeto del poema: ahora el cómplice es él con el tiempo, no la rosa. Ser cómplice del tiempo significa aceptar su ley, aunque duela; participar del avance inexorable de las horas. El tatuaje es una marca permanente, y no se lo hace en la piel, sino “en cada lágrima”. Las lágrimas, que deberían ser fugaces, se convierten así en soporte de memoria: cada una lleva grabada una “luna roja”. La luna, asociada a los ciclos, las mareas, lo femenino, lo nocturno, aparece aquí teñida de rojo: color de la sangre, de la pasión, de la herida. Las lágrimas no son solo dolor, son también archivo: en ellas queda inscrita la conciencia del tiempo, del daño, de lo vivido.

En conjunto, el poema configura una pequeña mitología íntima: sol, rosa, luna, arcoíris, estrellas, tiempo… pero todos estos elementos aparecen atravesados por una misma experiencia: la del exceso de vida que cansa, la del futuro que se presiente como amenaza, la del intento de transformar el dolor en belleza mediante la metáfora. El tono es contenido, pero denso. No hay explicaciones; hay imágenes que el lector debe ir uniendo, como si siguiera el rastro de esas “lágrimas tatuadas”. Y el título, que parecía aludir solo a la rosa, acaba resonando en todos los planos del texto: la rosa llora, sí, pero su llanto está unido al del sol, al del tiempo, al de quien escribe y convierte esa herida en lenguaje. Ahí radica su esencia: en la idea de que llorar, imaginar y escribir son, en el fondo, tres maneras de hacerse cómplice del tiempo sin dejar de oponerle la resistencia delicada de la belleza. Enhorabuena, Mónica.