Todo estuvo bien hasta que vi mis huellas.
Encontré el amor tendido en una estrella
que temblaba en la espera.
Con ternura dibujé en cada hoja de papel
una noche para poder soñar
y me comí el silencio.
Aúllan los lobos llamándome.
No me muevo.
Mis ojos se derrumban
esparcidos por la tierra.
Se cae de mí la belleza
quebrándose entre la cintura del viento
y la espalda del mar.
Voy a recoger todas las olas
perdidas en mi y en sus orillas.
Han quedado inmersas
en el límite del cuerpo
aventurando el no sentir, el vacío.
Océano de luz en mi pecho,
contrapunto entre aquellos labios y sus manos.
Se han ido todos
menos los lobos.
Nos cruzamos la mirada.
Mi piel, escondida a tientas,
se enciende, indomable,
y se defiende.
Fue cuando comprobé
que la belleza no está en mi.
Y fugitiva, hablando a la nada
acabé dejándola sola.
Me senté estremecida en la mirada,
entregada a un puñado de cenizas,
al corazón de lo que ama,
al pájaro salvaje, requebrado,
contemplándose en la arena.